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  1968, una herencia de impunidad
  Fecha :2008-10-02
 
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  Rafael Luviano
I de siete partes.
A 40 años de distancia del 2 de octubre de 1968, evocar la matanza de Tlatelolco duele todavía. Es un expediente abierto, inconcluso. Es una espina no extirpada en la epidermis del cuerpo social. Un misterio incomprensible a la luz del humanismo y del diálogo. Tiempo marcado en los gajos de nuestra historia como un hado fatal de secreta complicidad entre los horrores del poder sin límite. Un duelo que no termina aún de cerrar.
Época de selectiva tolerancia y de un autoritarismo recurrente que permeaba todos los niveles de la sociedad. Etapa de revueltas e inconformismo, de sueños revolucionarios que conformaron una fase de movimientos a nivel internacional que empezaron a turbar la paz social de la posguerra y de luchas sociales en muchas ciudades del mundo que marcaron el tiempo mexicano hacia un nuevo ciclo. Parteaguas del que no terminamos aún de salir, como un complejo laberinto de infinitas ramificaciones.
La corriente de incomprensión y extrema soberbia de quien detenta el poder, desafortunadamente ha continuado teniendo destellos hasta nuestros días, con severos retrocesos, a pesar de los cambios producidos a cuentagotas desde los años setenta. Pensar en 1968 por cuatro décadas, las dos quintas partes de un siglo, parecen no ser suficientes para concluir la historia. Mezcla de posiciones divergentes, encerradas en un despótico fundamentalismo y una paranoia enfermiza de los actores políticos de ese tiempo.
Aún hay muchas preguntas en el aire y afrentas que bien pudieron resolverse, aunque todo quedó en una esperanza infértil, con la llamada “Fiscalía especial de la PGR para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado que anunció el gobierno de Vicente Fox el 27 de noviembre de 2001 con bombo y platillo. Pero todo quedó, como la mayoría de las cosas en ese gobierno, más como fuegos de artificio, que como un instrumento de investigación de los delitos, que calificara sensatamente los procesos y acusara condenatoriamente ante los jueces y tribunales competentes a los infractores de la ley. Por eso todavía duele, porque nada se resolvió. Seguimos hambrientos y con sed de justicia.
Encabezada durante cuatro años por Ignacio Carrillo Prieto no logró compensar con su trabajo a quienes esperábamos conclusiones satisfactorias que hicieran realmente justicia. Sin embargo, filtró parte de sus conclusiones, dadas a conocer el año 2006, antes que a ningún medio mexicano, al New York Times. Allí denunció que el Estado mexicano incurrió en crímenes de lesa humanidad como masacres, desapariciones forzadas, tortura sistemática y genocidio, al intentar destruir a insurgentes, campesinos y activistas que consideró sus enemigos y recluidos en “campos de concentración” que instalaron militares y civiles en la década de los setenta. Tal vez en esta parte del informe se olvidó el tristemente célebre Campo Militar Número Uno, donde se refiere fueron a dar muchos de los detenidos vivos y muertos. Mismos que después fueron dados como desaparecidos por los familiares.
Sólo una aclaración mereció el documento de la frustrada fiscalía, y fue la de modificar las palabras “campos de concentración” por “centros de detención ilegal”. Poco antes Carrillo Prieto ya había hablado de un "conflicto de intereses" en las investigaciones de la llamada "guerra sucia", en las que involucraba al general Rafael Macedo de la Concha. Era normal que este funcionario, impuesto por Fox, de manera inconstitucional –por ser parte de las mismas fuerzas armadas, pero existió un acuerdo por ser familiar de su ex mujer, a quien de esa forma mantuvieron casi en sepulcral silencio-, iba a impedir que el Ejército saliera manchado, como seguramente lo está. Para muchos las pruebas son contundentes.
Cuarenta años y todavía hay aclaraciones sin resolver, generaciones agobiadas, víctimas, en muchos casos. Agraviadas por un decadente aparato de justicia y una generación perdida que no terminó de encontrar su camino. Perjudicada por un Leviatán intransigente, de muertos vivientes o desaparecidos cuyos cuerpos nunca fueron hallados a la usanza de las dictaduras sudamericanas y que, ahora se sabe, muchos fueron a dar al mar o cremados en el Campo Militar. Igual ocurrió en el Chile de Augusto Pinochet o en la Argentina de Jorge Rafael Videla: dos gorilas sudamericanos que no distan mucho de ciertos militares mexicanos. Sólo que aquí se les ha encubierto, con un halo casi de santidad y respeto, en un fuerte conflicto de intereses.
Aunque también hay explotadores del sacrificio para usufructuarlo políticamente, en su favor –algunos de ellos todavía circulan por las cámaras, en algunos partidos o en ciertas oficinas públicas-, cerrazón a la apertura real y democrática de archivos oficiales y un miedo infinito, pues se trata de uno de los grupos de presión –el Ejército-, que no permite sujetarse al escrutinio, mucho menos a la transparencia o a ser fiscalizado, ni a las cuentas pendientes que una transición (totalmente fallida) en realidad exigiría.
Cautela, dirían algunos, para dar a conocer la verdad sin ambages sobre esta vergonzosa masacre.
II
Tlatelolco, el 2 de octubre y la matanza de los estudiantes, es una realidad que se esconde entre la bruma de un aire culposo, de nostálgica y rabiosa memoria, cuando lo más importante es quizá la reconciliación y el esclarecimiento de los hechos: vivir el ímpetu vehemente de la creatividad, de la imaginación para crear el real poder ciudadano y aquilatar la fuerza que nos dio esa lección y mantenerla vigente, sin colocarnos viviendo en el pasado, sino aprendiendo a perdonar con sinceridad y exigiendo el castigo de los crímenes que no hayan preescrito, según lo establecido en los tratados internacionales, a los cuales México está suscrito.
Ignacio Carrillo Prieto, quien pidió el procesamiento de Echeverría como acusado de genocidio, se topó con pared, cuando un tribunal federal mexicano exoneró al ex presidente de México Luis Echeverría de los cargos de genocidio relacionados con la matanza del 2 de octubre de 1968. Sin embargo, en realidad este sainete se observó como un expediente pactado (la justicia como mercancía) entre el gobierno de Vicente Fox y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) para “avanzar” en el congreso, con la pretendida reforma a la ley del Instituto Mexicano de Seguridad Social (IMSS), la cual, como sabemos, fue un retroceso y no una forma de rescatar a la institución o de salvar la integridad de sus finanzas públicas: hoy más que nunca esta institución enfrenta una grave crisis.
Curiosamente, desde la llegada del PAN al poder el IMSS entró a su más aguda enfermedad: los neoliberales saqueando sus arcas sin miramientos, pero dándose golpes de pecho para exclamar a los cuatro vientos un supuesto desastre financiero, cuyo origen estriba en las pensiones.
Debemos, creo, mantener vigente la época del Movimiento del 68 en la memoria colectiva –sus causas y sus efectos- para que no vuelva jamás a repetirse. El pertenecer a una generación inmediata siguiente a los estudiantes participantes en Tlatelolco y el haber habitado esta región de la ciudad antes, durante y algunos años después al conflicto, me permite recordar los sucesos como los viví y atestigüé.
Fue un tiempo de búsqueda experimental y de insatisfacciones juveniles que lo mismo incendió la primavera de Praga, cuando Checoslovaquia se intentó liberar del régimen soviético, al tiempo, que en mayo del 68 los jóvenes franceses exigían (la derecha y la izquierda tradicionales parecían agotadas e incapaces de dar respuesta a los cambios) una necesaria reforma educativa, libre de imposiciones dogmáticas. A la par que 10 millones de obreros, en la mayor huelga general habida en Francia, ondearon banderas rojas en los tejados por cerca de tres semanas y el ejemplo que, como terremoto social, expandió sus ondas concéntricas y lo mismo abarcó otros países como Argelia, Estados Unidos, Argentina, Brasil, México... La revolución cultural estaba en el aire. Era el evidente reclamo a la generación anterior que no había cumplido con las expectativas promisorias: la gran desilusión de la promesa rota, del futuro incierto. El milagro mexicano estaba en el despeñadero.
Cada joven, de distinta geografía, tenía su razón para derruir el muro de intolerancia y rigidez que le llegaba de todo lo que representara una figura de autoridad. Lo mismo de las instituciones estatales y de gobierno, hasta de los padres o del yugo educativo y social. Cualquier corsé cuya intención fuera dirigir, gobernar, inducir, mandar, imponer, instituir, encomendar, guiar o persuadir en la vida privada y pública se remitió a la lucha generacional que llevaba implícita una auténtica pugna ideológica.
De íconos y héroes recuperados, de movimientos guerrilleros de América Latina como el Che Guevara (muy cerca estaba el modelo de la Revolución Cubana) y próceres de los derechos civiles y humanos a favor de las minorías o contra el racismo excluyente como Luther King o Malcolm X, en Estados Unidos, en donde además de estos dos mártires ofrendados acababan también de asesinar cobardemente a un segundo Kennedy y en Medio Oriente o en Vietnam se libraban trepidantes y peligrosas batallas nada lejanas al choque de los bloques capitalista-soviético.
De repente en un año de olimpiadas, los brotes de violencia y represión comenzaron a multiplicarse por doquier, pero también se iniciaba una apertura. Se vivía una revolución sexual y surgían expresiones contestatarias de las más diversas expresiones, que llegarían, con el tiempo a desembocar a movimientos como el feminista o los ecologistas y la llamada irrupción de la sociedad civil.
III
El rock, en la época del Movimiento estudiantil del 68, es uno de estos lenguajes de identificación de los jóvenes. En la radio se escuchaban a los grupos y estrellas vanguardistas del arte pop, como los Beatles con su “Sargento Pimienta” y “Let it be”; “Satisfacción” de los Stones y su confrontación con los primeros o el mito de la guitarra de Jimi Hendrix y su “Neblina Morada”. Se apreciaba la precocidad poética de Dylan y su “Respuesta está en el viento”, la cual invadía febrilmente el espíritu juvenil, como un himno reiterado. Extasiaba asimismo la voz inolvidable, cachonda, de Areta Franklin, Morrison y las Puertas o la voz delirante de Janis Joplin.
En español, en las expresiones “fresas”, estaban en boga el cantante hispano Raphael con su “Yo soy aquel”, y su amaneramiento grotesco; José José lanzaba sus primeros éxitos: “El triste” y “La nave del olvido”. En el rock en español irrumpían en los escenarios el Tree Soul and My Mind de Alex Lora y Javier Batis con toda una caterva de bandas afines.
La minifalda era espectacular moda que alebrestaba pasiones o hacía volar la imaginación y el Rebelde sin Causa de James Dean era un prototipo. En el cine Tlatelolco se estrenaba “La trampa” de Jorodowski. También se imponía la droga, causa de múltiples y penosos decesos, que en el mejor de sus usos y afanes justificatorios, buscaba ser un vehículo para la exploración de nuevos caminos a estadios liberadores de conciencia. Hacia lo desconocido y la introspección: una búsqueda y reconocimiento del ser interior que pocas veces se hallaría, sin fatales consecuencias, ante un virtual desencanto por la sociedad industrial y materialista, que lo único que genera es una carga de agresividad debido a las frustraciones de la vida cotidiana.
Para algunos era forma contestataria el romper con el orden establecido, de insertarse, a través de una forma de vida, en los terrenos de la contracultura, es decir, en ese movimiento social surgido en Estados Unidos, durante esa misma década de los sesenta, que rechazaba los valores sociales y modos de vida establecidos o convencionales, con una marcada oposición al sistema vigente.
En sentido contrario, la filosofía existencialista y Jean Paul Sartre eran también ‘novedad' y la “generación sin tiempo” luchaba porque el presente no se le escapara de las manos: “vive el momento porque mañana no sabes si estarás muerto”. Este axioma propugnaba una libertad sin límite, o sea absoluta e incondicionada.
Una libertad que pretendía hacer del hombre una especie de Dios, creador de su mundo y su propio universo. Pero el existencialismo se convertía también en una “filosofía de la angustia”, del “peligro” o “fracaso”, a pesar de obrar como una poderosa fuerza destructora del dogmatismo. Existen dudas sobre su incapacidad para suministrar instrumentos que contribuyan a la solución de los problemas que aquejan a un hombre que en los últimos tiempos, ante la falta de respuestas, ha regresado a su fe inicial y recuperado la divinidad, en muchos de los casos, de manera afortunada.
IV
Trágico despertar y fin del milagro...
Dos quintas partes de siglo nos separan de ese tiempo sombrío que constituyó el Movimiento del 68, todavía con las últimas aguas de la temporada de lluvia otoñal y me parece aún delirante cómo un partido de fútbol escenificado por estudiantes de una escuela oficial y una prepa particular haya desembocado primero, en un enfrentamiento a golpes.
Luego, 68 días después, trágica numeralia, de la primera marcha de protesta por la represión, en un acto atrabiliario, desesperado y paranoico del gobierno, la acción definitiva, de magnitudes funestas. Una orden casi de mátenlos, en caliente, como en la era porfiriana, que todavía busca sensatas respuestas. Se hubiera cerrado el capítulo, aunque para ello es indispensable analizar detenidamente las fuerzas encontradas en la intransigencia. Además de lo ocurrido en las formas de vida del mexicano, en sus relaciones intra familiares, en la recién inaugurada (menos de tres décadas atrás, con el inicio de los años cuarenta) modernidad y el progreso que significaba la vida urbana.
Es indispensable recordar que durante aquella década de 1940 nuestro país experimentó un crecimiento económico considerable, el cual se vio reflejado un mejoramiento de la calidad de vida para la mayoría de los habitantes del país. Una estabilidad que se alteró con la crisis de 1976, el desempleo, el encarecimiento de los productos de la canasta básica, los bajos salarios, etc., provocaron que muchas personas se dedicaran a otras actividades para cubrir sus imperiosas necesidades. A partir de esta fase hubo un incremento del comercio informal, de jornadas dobles de trabajo, de una mayor participación de la mujer en actividades laborales –cuando antes fungía más como “ama de casa” y de un incremento de las actividades delictivas. Una opción para algunas mentes disfuncionales, en busca de remediar la difícil situación económica.
En el prólogo de la crisis existía un estricto control mantenido en los medios de comunicación (la censura, autocensura y las terribles restricciones hasta de palabras y temas prohibidos en la información escrita y, con mayor fuerza, en los medios electrónicos) y lo que ocurría en el sindicalismo oficial, uno de los grandes cotos taponados, que se ha resistido al cambio, como el Ejército, la Iglesia y otros grupos de presión, del cual no se excluyen los medios informativos.
Allí tampoco se ha logrado una real democracia y una protección imperiosa hacia el comunicador, que sigue sujeto a múltiples persecuciones y ataques cuando ejerce su libertad de expresión o el reclamo de sus derechos laborales, además de que entre el poder y los concesionarios o dueños ha existido una vergonzosa complicidad para no informar con la verdad sobre lo que ocurre cotidianamente. Claro, en esto influyen los intereses creados, como subsidios, dispensas. cochupos y secretas canonjías que han permitido tal ocultamiento de la realidad.
Por otro lado, siempre me pregunto cómo se vería en aquél tiempo a las figuras representativas del poder inmediato, como el policía, el cura, el maestro o los padres de familia y su absolutismo demandante, hasta llegar a la administración de Gustavo Díaz Ordaz, a la que se acusa de obcecada, que lo era, sin analizar todo lo demás. Pero también cómo contribuyó, este caldo de cultivo a la represión mediática, del actuar de los grupos de inteligencia de un gobierno in extremis autoritario.
Las maniobras turbias que se dieron para llevarlo a tomar la más dura de las decisiones, cuando se decía que los ojos del mundo estaban puestos en México. En plena época de futurismo sucesorio y la presunción de una conjura internacional o la secuela de inexactitudes y errores que se cometieron en ambos lados hasta llegar hasta al presente, con las consecuencias de esta masacre sin respuestas oportunas de parte del gobierno federal.
La sangre derramada debe ser (y ha sido) el abono a favor de una apertura en distintos órdenes de la vida social, política, cultural y educativa de México, hasta llegar al punto culminante de una esperada transición, entendida como el equilibrio de poderes, el fin del presidencialismo, la plenitud democrática y la participación activa e integral de la sociedad en la solución de muchos de nuestros problemas. Es decir, lograr la abolición del abuso, de la arbitrariedad y el despotismo para habitar en el reino de la justicia y el principio de la verdad, con la intención de que nuestros muertos descansen en paz.
En 1968, en México, éramos una sociedad sumamente débil en contraste con un Estado superdotado, la falta de una prensa libre, la inexistencia de una verdadera oposición, sin autonomía judicial y con un congreso incapaz de equilibrar los poderes.
El ofrecimiento del Estado por 28 años (desde inicios de la década de los cuarenta, con el llamado Milagro mexicano) fue el de la industrialización y el desarrollo, con la finalidad de crear una clase media más pudiente, vinculada a los intelectuales y el tener acceso a la educación superior. Sin embargo, fue ésta la que cuestionó al Estado que sentía no debería ser “víctima” de su propio Frankestein.
***
Es también interesante analizar la personalidad del presidente en turno, Gustavo Díaz Ordaz, quien en su quinto informe asumió la plena responsabilidad de los hechos de la matanza del 68, aunque se dice fue con objeto de entregar la estafeta “limpia”, exenta de sangre, a su sucesor, Luis Echeverría Álvarez, quien llegó a la silla presidencial lleno de “angustia” y de temores fundados.
Su desconfianza personal, su meticulosidad y su neurosis, hacían de él un perfecto solitario de Palacio, que necesitaba afianzar su imagen. Quien durante su gestión construyó la Siderúrgica Lázaro Cárdenas, llegando a establecer 107 presas, emprendió la obra del metro en la ciudad de México y paradójicamente otorgó el voto a los jóvenes de 18 años, sin embargo, con le paso de su administración se volvía cada vez más huraño. Díaz Ordaz no quería reformar a un país con esas características. Su pensamiento acaso tenía varias preocupaciones: la fuerza, la gravedad, la autoridad, la investidura, la majestad que sólo él pretendía encarnar y la amenaza de “fuerzas oscuras”, extrañas, provenientes del comunismo que acaso intentaban sembrar el desorden, la anarquía y el caos en el rompecabezas nacional.
México no podía ser un lugar “feo”, desordenado, turbio. Para ello había logrado salvar al país. Había eliminado los focos de tensión contra su gobierno: sindicatos, guerrilleros, médicos inconformes, líderes de partidos opositores e intelectuales y representantes de la prensa, pues de ésta no admitía crítica ni disidencia. Todos habían sido barridos por la fuerza cuando se habían opuesto a sus reales designios.
Y en un rumor de la época se insistía en que el horror del presidente hacia los jóvenes se remitía a su propio hijo, Alfredito, quien trataba de encarnar los valores de la juventud rebelde, especialmente por su afición al roncarrol y a las drogas, las cuales, a final de cuentas, lo llevaron a una prematura muerte.
Después, todos sabemos qué pasó, a pesar de que el presidente no veía disidencia visible, aunque subyacía una fragilidad oculta. Era evidente, como dijo Octavio Paz después de la matanza, que los mexicanos se encuentran fatigados de mil años de poder personal, desde el que detentaban los grandes sacerdotes de Huitzilopochtli hasta el de los “señores presidentes” pasando por el de los virreyes españoles. Y soltó como augurando la presente década de inicios de siglo: “en México es necesario ante todo exorcizar la violencia, al mundo azteca...”
LECCIÓN Y LEGADO
Es imprescindible acotar algunos axiomas e hipótesis que prevalecen como la herencia de ese acontecimiento.
A. Es indudable que 1968 marcó el fin de una era de estabilidad posrevolucionaria (la otra abarcaría hasta 1993).
B. Que ese año ha pasado a la historia como el de las revueltas juveniles de muchos rebeldes con una causa cuasi justificada.
C. Que se logró sepultar a los caídos de la matanza de modo que jamás se pudiese saber su número exacto y que no se pudo silenciar, afortunadamente, a los miles que vivimos para contarlo.
D. Tlatelolco no sólo fue una infamia, sino un golpe de efecto cuyo objetivo era cancelar, de una vez por todas, cualquier deseo de transformación.
E. Que Díaz Ordaz, hasta su muerte, continuó creyendo que había hecho lo correcto (a pesar de ser el único que jactanciosa o audazmente asumió públicamente su responsabilidad).
F. Que antiguos líderes del movimiento recibieron cargos públicos y fueron coptados por el propio gobierno;
g) Que algunos intelectuales se plegaron, como todavía de manera miserable lo hacen, cortesanamente a los deseos del sistema.
H. Que muchos presos políticos fueron amnistiados gracias a una política de apertura verdaderamente saludable y de supervivencia del sistema político mexicano
I. Que las tácticas de represión fueron menos visibles.
J. Que otros movimientos como el terremoto de 1985 han provocado muestras de una reacción social no vistas desde las otorgadas a los estudiantes y maestros en huelga.
K. Que la lucha por la democracia adquirió una vigencia renovada.
L Que a partir del Movimiento la sociedad ha ido presionando cada vez con mayor éxito al gobierno para obligarlo a emprender una reforma política sustancial. Aunque todavía nos falte mucho por hacer. Lo cierto es que no somos lo que fuimos, no obstante no ser lo que anhelamos alcanzar.
M. Que la historia desde el 68 resulta imprescindible para entender la verdadera naturaleza de un sistema político mexicano en plena decadencia y que no ha muerto del todo, por el contrario, a pesar de la alternancia que encabezó Vicente Fox para sacar al PRI de Los Pinos. Desafortunadamente, a partir de éste ex presidente, en muchos casos, el sistema político que padecemos está caminando hacia atrás, en lugar de avanzar: lo vivimos con el fraude del 2 de julio del año antepasado y con todo el cinismo que padecemos con lo que todo esto arrojó.
VI
A pesar de tantos errores desatados desde diciembre del año 2000 y de tener un juicio pendiente sobre el explicable enriquecimiento de Vicente Fox, pero sobre todo de Marta Sahagún –quien dejó de percibir ingresos desde el 2 de julio del 2001 y es propietaria de tres terrenos, una casa y una huerta, joyas que valen 827 mil pesos e inversiones por 2 millones 860 mil pesos, cuando hasta 1994 la ex primera dama era todavía la encargada de una farmacia veterinaria en Celaya, que fue propiedad de su entonces marido, Manuel Bribiesca Godoy, quien curiosamente fue diputado del PAN junto con Vicente Fox, en la LIV Legislatura. Estos personajes tristemente célebres no están exentos de los terribles fraudes electorales que caracterizaron al viejo sistema político mexicano, con el PRI a la cabeza y que ahora retoma el PAN, en la entrega de una vergonzosa estafeta manchada por la opacidad.
Contrariamente a estos graves obstáculos, contamos con la posibilidad de realizar las reformas que requiere nuestro país y la exploración de los profundos cambios que se están insinuando tanto en la Reforma de Estado como en el régimen político que pudiera tender a eliminar los monopolios y la acumulación de la riqueza en unas cuantas manos. Se puede decir que las reformas políticas han sido una demanda permanente de algunos sectores de la Sociedad Civil por más de tres décadas para superar las debilidades de nuestras instituciones predemocráticas.
Sin embargo, contamos con un embrionario sistema de partidos, un congreso plural en cimentación, un Instituto Federal Electoral que requiere ser enmendado para restaurar la confianza ciudadana y una serie de medios de comunicación con mucha mayor libertad de expresión que en ese tiempo de días turbulentos y de perpleja herencia que no deseamos volver a morar. No obstante, estas instituciones y poderes requieren ser sometidos a un profundo escrutinio para llegar a una real reforma del Estado. Todos ellos sufren de una grave crisis de legitimidad, debido a sus propias inconsistencias y limitaciones.
Aunque sabemos que existen mecanismos para mantener los medios de comunicación con ciertas líneas favorables al gobernante en turno y aquí hablo no sólo de lo que ocurre en provincia, con los “virreyes” sexenales de cualquier origen, sino con verdaderos actos de censura a todos los niveles y de los cuales nos enteramos cotidianamente: el caso más lamentable que detonó el año pasado fue el drama que vivió José Gutiérrez Vivó y la confabulación que se le orquestó desde Los Pinos, para económicamente ahogarlo y bloquearle no sólo la publicidad oficial, sino la proveniente de la IP. Esto empezó en el gobierno de Fox y continuó con el actual de Felipe Calderón, quien engañosamente lo recibió y le dijo al comunicador que todo se iba a solucionar, que él lo admiraba desde hacía muchos años, pues creció, según él, escuchando Monitor. Después la realidad desenmascaraba la segunda intención.
Afortunadamente ahora contamos con un sistema de organizaciones no gubernamentales y toda clase de entidades públicas y privadas que dan voz a los ciudadanos que nunca la tuvieron y un combate mucho más constante y sistemático a la impunidad (aunque no suficiente), a diferencia de como nos encontrábamos en esa sociedad cerrada, represiva, con un partido hegemónico que controlaba todos los procesos políticos, económicos, culturales, sociales y de organización ciudadana.
¿Cómo ha de ser puesto en práctica el espíritu de Tlatelolco en nuestros días? No con la turba de miles de adolescentes enardecidos, que ni habían nacido en el 68, que pintan bardas y edificios, rompen parabrisas y aparadores e insultan a voz en cuello al presidente en turno en cada conmemoración.
Tampoco con ciertos mercenarios, aduladores y arribistas que tratan de apropiarse del 2 de octubre, encubriendo a sus afines organizaciones y culpando de la intriga a ciertas fuerzas políticas, pero que nada aclaran. Se lavan las manos para no actuar y propician la impunidad, además de que con esa medida de inacción creen allanarles el camino a ciertos actores políticos.
VII
Una conmemoración acertada del 68 debería, en principio, tratar de olvidar el mito de Tlatelolco. Lo peor que le puede pasar a un movimiento social es convertirse en dogma o en una mitología mayor de lo que ya es, por ello, en vez de erigir altares, de utilizar la historia como arma política y de mediatizar el movimiento estudiantil como le ha ocurrido a la figura del Che, lo debemos renovar en sus más puros ideales: todo comienza a ser posible; la organización popular si funciona; la respuesta de la sociedad civil es apoyo que se ve; el rechazo de lo que no nos gusta socialmente hablando y por lo que es necesario protestar desde cualquier trinchera; la búsqueda permanente de nuestra identidad, hasta alcanzarla; el perseguir la utopía hasta obtenerla; la denuncia sistematizada y el potencial político de los que en apariencia nada o poco tienen.
Quizás sea más justo y relevante profundizar el análisis de las causas y las razones de lo que ocurrió en aquel tiempo para no volverlo a vivir.
Aunque siga existiendo la tentación autoritaria de utilizar al Ejército para labores distintas a lo que atenta contra la seguridad nacional, sino para tareas que le han dado en llamar “de restauración del orden y seguridad pública o en el combate a la delincuencia organizada”.
Ahí tenemos como botón de muestra el programa del gobierno de Felipe Calderón, de ese cuerpo especial de Fuerzas de Apoyo Federal del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos. Cuando también se ha visto que la milicia en quehaceres de seguridad pública o delitos contra la salud, no está exceptuado de la corrupción: lo hemos visto con oficiales de alta graduación y que fueron descubiertos en anteriores sexenios, como Gutiérrez Rebollo, Quiroz Hermosillo y Acosta Chaparro, entre otros o con el triste actuar del Ejército al preservar plantíos y la cosecha de enervantes en muchos estados del país. Sin embargo, ante la opinión pública se muestra como el enemigo número uno del narcotráfico y en la práctica está al servicio de éste.
Pero tampoco podemos olvidar casos como la muerte de la señora Ernestina Ascencio Rosario en la sierra de Zongolica, Veracruz; el asunto de Castaños, Coahuila, por el ataque por parte de elementos militares a sexoservidoras. Ni que decir de lo documentado por la CNDH en Apatzingán, Michoacán, por abuso de autoridad; Nocupétaro, Michoacán, por ataque y violación a menores de edad, y La Joya de los Martínez, Sinaloa, por la privación de la vida a los miembros de toda una familia. Se dice que los señalamientos más frecuentes contra militares, ha sido mientras realizan tareas de seguridad pública. Allí abundan las detenciones arbitrarias, los cateos ilegales y los tratos crueles y degradantes, según la CNDH ¿Seguiremos pensando en las fuerzas armadas para todo esto? Seguiremos pensando en que el Ejército es la institución con mayor credibilidad y estima en la percepción ciudadana, cuando su papel ha sido el de un depredador, símbolo de la fuerza represiva, que sólo ha servido para sostener en el poder público a los poderes fácticos. A final de cuentas quien gobierna este país es, como dijo alguien, un club de poder integrado por intereses particulares y apetencias.
Por otro lado, lo que podrá ser más valioso es continuar alentando las transformaciones políticas que imposibiliten que vuelva a ocurrir en México un acontecimiento semejante a la matanza del 2 de octubre. Para lograrlo, habrá que perfeccionar realmente nuestro sistema democrático imponiéndole los controles necesarios para desterrar cualquier tentación autoritaria; aliviar las condiciones de marginación y miseria que azotan a gran parte de la población, reconocer la diversidad e impulsar el diálogo público o el derecho a disentir.
También necesitamos mejorar el nivel educativo, desterrar la corrupción y la arbitrariedad en la toma de decisiones, reformar la estructura y el funcionamiento de los cuerpos de seguridad para volverlos más eficientes y menos proclives a la represión y al cohecho y alentar un adecuado equilibrio entre la libertad individual y la responsabilidad social.
Con estas medidas se intentaría lograr la auténtica transformación de la vida política del México que está en marcha, en contra de los duros del sistema, imperantes en la mayoría de las fuerzas políticas, sobre todos los dinosaurios que se encuentran incrustados en sindicatos, partidos políticos y otras organizaciones terriblemente retardatarias. Estos son los factores de poder que realmente impiden que avancemos en todas las reformas: los intereses creados, los privilegios, las complicidades secretas y los intocados cotos de un poder absolutista que ya apesta.
Eso y mucho más es lo que impide que avance la transición política y social. Esos (muchos de ellos también amparados en las cámaras, en los gobiernos, a diferentes niveles y en la iniciativa privada: todos conocemos perfectamente bien a los dinosaurios del sistema, de cualquier sino) que tanto daño nos han causado. Es necesario detenerlos antes de que sigan sembrando la insidia y la violencia con fatales consecuencias. A final de cuentas, esto es lo que podría ser la perdición de México. Y si no se detiene, ya no falta mucho


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